9 feb. 2017

Esa cosa llamada amor

Ultimamente escucho amor por cada esquina, literalmente. La palabra, amor; que tanto llena la boca (y las orejas).

Pareciera leerse entre lineas la misma idea una y otra vez. Como cuando una canción pegadiza dicta qué y cómo sentir algo, de modo que distintas personas podamos cantar y sentir al mismo ritmo.

Esta insistencia del entorno, obsesiva, ¿es fruto de tantas personas con genuinas pasiones; o bien algo cultural, como una canción pegadiza que marca nuestro ritmo? En el segundo caso, cabría preguntarse a quién beneficia tanta palabrería en el aire. San Valentín, 14 de febrero, sería pensar a pequeña escala.

Antaño, adolescente sensible, mis ideas románticas estaba teñidas de cine y Disney, con su hegemónica lógica heterosexual. De hecho, mi orientación del deseo hacia varones carecía de sentido del romanticismo, sino sensualidad. Entonces empecé a cuestionarme el sentido del romanticismo: regalar flores muertas, costosos regalos, bombones, viajes... una suma de clichés consumistas. ¿Acaso no hay más romanticismo en dos ojos que se miran o en la intimidad del silencio?, y con ello la sensualidad se tornó en formas alternativas de romanticismo.

Al llegar a la universidad conocí a gente con relaciones abiertas y escuché sobre intercambio de parejas. Después, tuve una relación de nueve meses y decidí no volver a cerrar una relación hasta sentirme enamorado. Empecé a investigar sobre diversidad de relaciones sentimentales, con un interés también personal. Entré en contacto con el movimiento LGTB, feminismo queer, movimiento BDSM, movimiento poliamor y distintos conocidos me contaron tentativas de trio, tales como "tener una cita con una pareja" (literalmente, una cita con dos personas más). Por ejemplo, antes de mudarme a Glasgow estuve asistiendo a tertulias en Málaga organizadas por una pequeña comunidad poliamorosa (twitter y blog). Sería demasiado complicado diferenciar aquí cada una de esas experiencias y gente inspiradora que han ido aportándome como para madurar mi actual punto de vista.

Desde aquella relación han pasado ya nueve años, sin pareja. Mi planteamiento es en realidad sencillo: cuando alguien me conoce y en pocas semanas quiere cerrar una relación conmigo, ¿por qué tantas prisas?, ¿me conoce tanto, o bien tan solo desea la relación en sí, más que la persona con quien la tiene? No renuncio a la monogamia, pero tampoco me aferro a ella como única opción. Soy un amante que no exige compromiso al principio.

Quizás aquel adolescente sensible se endureció con los años ante tantas presiones y expectativas de masculinidad, modelado en la promiscuidad que caracteriza a los círculos gays. Quizás los circulos gays sean así porque muchos pasaron por lo mismo, desteñir ideas hacia otros puntos de vista.

He presenciado y sentido muchas formas de amor y no debiera decantarme por una sola de ellas, pero sí que puedo descartar formas de amor que, con seguridad, no deseo en mi vida. Hay amores destructivos que restan más que aportan.

¿Y si fuese solo una palabra vacía, que cada persona llena con sus propias vivencias personales? Si el amor no se define por ideas de romanticismo, exclusividad, celos, monogamia, etiquetas, sexo... entonces, al final, el amor queda en una indefinición que nada significa por sí mismo.

Es nuestra forma de vivir y expresar afecto las que hacen a la palabra significar algo.

27 ene. 2017

Pudor: ¿recato o miedo?

Sea como fuere, aprendemos que el cuerpo debe ser escondido y que su presencia desnuda debe ser relegada a la intimidad. Inocente, me lo creí; no porque lo pensara, sino el tipo de cosas que se aprenden y creen sin pensarlas.

Recato, cautela, reserva, carencia de vanidad. Sin embargo, pareciera que el cuerpo debe ser protegido y vigilado, así como su presencia pública fuese motivo de deshonra o molestia.

Recuerdo de niños a una buena amiga a quien, inocente, quise enseñarle mi bañador. La escena fue interrumpida por alguien mayor, quien interpretó en ello una incipiente heterosexualidad, en lugar de la inocencia de quien ni si quiera pensó en esconder su cuerpo.

Cuando esta carencia de vanidad se torna en salvaguardia de la propia imperfección ante el ojo ajeno, ¿hablamos entonces de vergüenza de uno mismo?, ¿es falta de autoestima?

Poco a poco experimenté al respecto. Recuerdo a mis 18 años la ocurrencia de pasar unas horas solo en una playa nudista, en Almayate (Málaga). Años después con amigos (Almayate, Benalmádena y costas de Maro).

Seguí vivenciando desnudos ante público: sexo, discotecas sin camiseta, vestuarios, cafetería nudista, citas médicas, saunas y alguna fiesta peculiar. Con ello, se abrió un conjunto de experiencias sensuales: nadar desnudo, sentir un soplo de aire discurrir desde los pies hasta la cara y morbos que trascienden la mera atracción hacia un cuerpo desnudo.

De repente, carecía de sentido cerrar la puerta de la ducha ante tales amigos, sentirme incómodo en citas médicas o las prisas por taparse del ojo ajeno.

El pudor pudiera ser mera falta de vanidad, pero también temor a ser visto. ¿Es, pues, una forma de miedo?

Según gran parte de la antropología y psicología, en bastante medida qué hacemos genera lo que pensamos y estas creencias, después, las que concuerdan con las acciones. Por tanto, quizás, cuando dejamos de esconder el cuerpo, el pudor pierde su sentido y cambia hacia otra forma de ser. Si la vergüenza era el motivo de esconderse, esta cambia hacia el orgullo y reafirmar la propia estima.

De hecho, el movimientos o comunidades nudistas suelen explicarse en este sentido: no tanto querer ser visto desnudo, sino la libertad de mostrarse.

Pudor, pues, pudiera ser una forma de miedo, un obstáculo aprendido que bloquea el libre ejercicio de la libertad y felicidad.

22 ene. 2017

"¿... y tú qué buscas?"

Según parece, todo el mundo vaga buscando algo y más vale tenerlo bien resumido en pocas palabras o pareciese que no sabe uno qué se está buscando.

Sugerir a una compañera de trabajo que me encuentre alguna cita fue seguido de un "¿... y tú qué buscas?". También omnipresente en lugares de encuentro online como APPs o webs de contacto. Por otro lado, durante una primera cita la misma cuestión suele retomarse, como un fondo en la conversación.

Y es la misma pregunta, la misma idea, la que revolotea una y otra vez. ¿No pueden las personas fluir sin destino y mejorar según qué vayan cruzándose?

La incógnita se impone durante el juego de impresiones entre desconocidos, se necesita para darle forma, categorías, motivaciones. Con el grave riesgo de caer en una falacia lógica: buscar algo puede ser interpretado como buscar exclusivamente eso. Muy al contrario, buscar algo o estar abierto a ello son intenciones muy distintas.

Una mismo cae en la tentación y congruente trampa. Responderla, o bien esperar respuesta. ¿Acaso no existe el riesgo de perder tiempo y energías en relaciones que no fueron aclaradas en su momento?

Más lejos, ¿sería todo más fácil si cada persona jugase sus cartas explicitando necesidades e intenciones? Sospecho que, como dicen, la verdad es un arma de doble filo.

Antaño decía que buscaba conocer gente, un café, y ya se vería después si había sexo o no, pero quienes buscaban sexo me tachaban de buscar pareja.

Otra vez y otra. Semanas, años. "¿... y tú qué buscas?" No encuentro modo alguno de escapar a su escrutinio, pues cualquier juego de palabras para evadirlo nunca es desapercibido.

Por mi parte, llevo años con el mismo planteamiento, que expreso a modo de guión (un corta-pega en interacciones online): "amigos nunca sobran, sexo bien, sex-amigo genial, pareja no (si acaso muy a la larga)". Hay quienes zanjan mi intento acusándome de buscar sexo, por el otro lado hay quienes buscan pareja y desisten ante mi falta de predisposición. Considérese mi convicción de que hay cosas tan excepcionales que pueden ser encontradas, pero no buscarse.

Por cierto, semejante esfuerzo intelectual y de honestidad (con uno mismo, con los demás) es digno de corta-pega, no quepa la menor duda.

Ahora bien, llegados a este punto... ¿tú que buscas?